Aqui en silencio adoratriz contemple a Dios

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Basilica San Pedro , Vaticano

Amigos que Dios trae a este rincon de la red.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Ermitaños Eucarísticos del Padre Celestial







Eucarísticos del Padre Celestial “porque vivimos centrados en la Eucaristía, que es la que nos da la fuerza y la espiritualidad para toda nuestra obra evangélica. La Eucaristía tiene tres dimensiones: es Tabernáculo de adoración, Altar de inmolación y Hostia de irradiación. Nuestra vida quiere ser eso: oración, ayuno y penitencia. La penitencia es la inmolación y, claro, la caridad es la irradiación del apostolado”. (P. Antonio Lootens)
*

“No hay crisis de vocaciones, lo que sucede es que el llamado actual es a una vida consagrada austera, ascética, de pobreza real”. (P. Antonio Lootens)

Los Ermitaños y Ermitañas Eucarísticos del Padre Celestial fueron fundados por el P. Antonio Lootens y la Madre Andrea de Jesús en Costa Rica en 1993. Se establecieron en 1994 en la Archidiócesis de Bucaramanga (Colombia), bajo los auspicios de su arzobispo de aquel entonces, el Cardenal Darío Castrillón Hoyos. En una finca montañosa y boscosa, a quince kilómetros de la capital, se estableció el Eremitorio donde los religiosos y religiosas viven su vocación contemplativa en oración, silencio y penitencia.


Su carisma consiste en prolongar místicamente la Eucaristía, siendo tabernáculos de adoración que suben a la montaña a solas a orar. Se ocupan en exclusivo de las cosas del Padre y procuran agradarle de modo que esté siempre con ellos. Los Ermitaños y Ermitañas viven cada uno en su ermita, en soledad y silencio, exceptuando la Santa Misa, el Oficio Divino y las recreaciones que contemplan las Constituciones. Ayunan dos veces a la semana y, como viene siendo tradición en la ascesis eremítica, no comen carne. Todo lo que consumen lo producen en sus mismos huertos. Los fines de semana reciben a los fieles que quieren recibir los Sacramentos de la Eucaristía y la reconciliación, aprender a orar, o recibir dirección y orientación espiritual. La comunidad del eremitorio está formada por un centenar de hombres y mujeres, situada en Bucaramanga (Colombia).


Contacto:

Ermitaños Eucarísticos del Padre Celestial
A.P. 1601 B/ga
Piedecuesta- Santander (Colombia)

E-mail:

eepcmaria@yahoo.es
ermitanos@arquidiocesisbucaramanga.org

Ermitaños

Los eremitas o ermitaños, también llamados anacoretas, surgieron en Egipto y en otros lugares de la cuenca mediterránea a partir del siglo III. Ermitaños célebres de los primeros tiempos fueron San Pablo y San Antonio Abad. Especial importancia tuvieron los Padres del Desierto, pues dejaron una rica herencia espiritual, recogida en los Apotegmas o Dichos de los Padres.

Los eremitas dejaron el mundo para buscar a Dios en la oración, la soledad, la penitencia y la pobreza. A partir de la vida eremítica se desarrolló posteriormente el monacato, y los ermitaños fueron integrándose en los distintos cenobios, donde cabía la posibilidad de retirarse, una vez comprobado el espíritu (como exige San Benito), a ermitas cercanas a los monasterios.


«La Iglesia reconoce la vida eremítica o anacorética, en la cual los fieles, con un apartamiento más estricto del mundo, el silencio de la soledad, la oración asidua y la penitencia, dedican su vida a la alabanza de Dios y salvación del mundo. Un ermitaño es reconocido por el derecho como entregado a Dios dentro de la vida consagrada, si profesa públicamente los tres consejos evangélicos, corroborados mediante voto u otro vínculo sagrado, en manos del obispo diocesano, y sigue su forma propia de vida bajo la dirección de este». (CIC 603)

Durante los siglos X-XIII, se dio un florecer de la vida eremítica, tendencia que siempre ha estado presente en la Iglesia aunque con diversa intensidad. Podemos establecer cuatro grandes grupos relacionados con el eremitismo:

a) Eremitismo monástico: En algunos monasterios, bien sea de Benedictinos o Cistercienses, después de haberse el monje ejercitado en la vida comunitaria, se tiene la posibilidad de entregarse a la vida eremítica en soledad y oración sin dejar de estar sometido a la obediencia del Abad y a la estabilidad de lugar en que profesó.

b) Eremitismo independiente: Son aquellos eremitas que no están vinculados a ninguna institución monástica, ni profesan Regla alguna. Es actual el fenómeno del eremitismo urbano. Éstos están sujetos a la jurisdicción del Obispo correspondiente.

c) Reclusos: Es la forma de eremitismo más severa. El eremita vive recluido en su celda de la que no sale jamás, incluso llegando a emparedarse en ella. En estas celdas tenían una pequeña ventana por donde seguían los Oficios Litúrgicos y recibían el escaso alimento.

d) Órdenes de carácter semi- eremítico: Se trata de aquellos Institutos Religiosos que conjugan la vida cenobítica y la eremítica dentro de la estabilidad de un monasterio, o en un convento destinado a tal fin. En este tipo de comunidades, los monjes o frailes se reúnen para el Oficio Divino en la iglesia, la Santa Misa, el Capítulo Conventual, las recreaciones normativas y en algunos casos las comidas. Cuando no se está en comunidad, el monje permanece en su celda, dedicado a la oración o a la formación intelectual, o en dependencias entregado al trabajo manual. Veamos algunas de estas Órdenes Religiosas:


Antiguos Ermitaños de San Pablo

- Orden de San Pablo y San Antonio Abad: La tradición coloca su origen en el Obispo Osio de Córdoba, que tras el Concilio de Nicea (325) se habría traído monjes ermitaños orientales a la Península Ibérica. Esta Orden fundó varios eremitorios en España, y aunque siempre fueron relativamente pocos, nunca faltaron las vocaciones. Tras el Concilio de Trento (1545) en que se suprimió la vida eremítica, los ermitaños tuvieron que acceder a incluir en sus vidas ciertos actos comunitarios si no querían ser suprimidos. Hasta los años 40 del s. XX, la vida eremítica se desarrolló con tranquilidad y estabilidad. Sin embargo, comenzaron a escasear las vocaciones y hubo divisiones en la Orden. Unos cuantos la abandonaron para dar inicio a la Congregación de los Fossores de la Misericordia para el cuidado de los cementerios.

Los que quedaron veían disminuir sus efectivos, así que decidieron fusionarse con una Orden vinculada al eremitismo: los Carmelitas Descalzos que seguían este género de vida en sus Santos Desiertos. Se integraron en el Carmelo Descalzo en 1957 con la aprobación de la Santa Sede.


- Camaldulenses: Fundados por San Romualdo en 1012 en Italia, y reformados en 1520 por el Beato Pablo Giustiniani. Lo característico de su carisma es que tratan de conjugar la vida cenobítica benedictina con la eremítica, dando la preferencia a esta última. Cada religioso ocupa una celda, saliendo de ella para el Oficio Divino, que se celebra en la iglesia, las horas de trabajo matutinas, y para las recreaciones comunitarias. El tiempo restante lo pasan en sus celdas, ocupados en la meditación de la Palabra de Dios y en la contemplación de las realidades divinas. Existen una Congregación Camaldulense (160 monjes) afiliada a la Orden de San Benito, y otra independiente llamada de los Ermitaños Camaldulenses del Monte Corona, con 136 monjes. Ésta última, tiene en España un monasterio o yermo: Yermo Camaldulense de "Ntra. Sra. de Herrera". Aptdo. 406 A.P. 09200 Miranda de Ebro- Burgos.


- Orden de la Cartuja: Iniciada con el ejemplo de vida de San Bruno en el 1100. Es una institución monástica enteramente consagrada a la contemplación, ajena a todo ministerio exterior. No es la Cartuja un Instituto de vida puramente solitaria, sino una mezcla de soledad y vida común. Así lo estableció el Fundador. Por eso ni la soledad ni el silencio son absolutos. Se hallan mitigados por un paseo semanal fuera de Casa, y una o dos recreaciones semanales.


- Orden de San Jerónimo: Su origen radica en varios grupos de eremitas españoles e italianos que deseaban imitar la vida de San Jerónimo en comunidad. El Papa Gregorio XI los aprueba en 1373, dándoles como norma de vida la Regla de San Agustín y permitiéndoles llamarse frailes o Ermitaños de San Jerónimo. De tendencia puramente contemplativa, en soledad y silencio, en asidua oración y animosa penitencia, los monjes conjugan la vida solitaria con la dimensión comunitaria.


- Carmelitas Descalzos: Los Santos Desiertos carmelitanos son prolongación viva del espíritu de oración, fraternidad y observancia de los Santos Teresa de Jesús y Juan de la Cruz. Son lugares apartados donde el silencio, la austeridad, la paz y la oración son las columnas de un estilo de vida que se mueve entre lo monacal y lo eremítico. Los frailes reparten la jornada entre el Oficio Divino y la oración comunitaria y personal, y los trabajos manuales. En España existen actualmente dos Desiertos: San José de las Batuecas (Cáceres) y San José de Rigada (Cantabria).

- Otros: Otras Órdenes y Congregaciones también tuvieron y algunas mantienen en la actualidad casas de especial recolección y eremitorios, como la Orden de Hermanos Menores o los Hermanos Menores Capuchinos. Nuevos Institutos que han acogido esta dimensión eremítica son los Hermanos y Hermanas de Belén, de la Asunción de la Virgen y de San Bruno, o los Ermitaños Eucarísticos del Padre Celestial.

En España tenemos una Congregación Eremítica de Derecho Diocesano que lleva el nombre en honor de aquella extinta de la que hablamos: Congregación de Ermitaños de San Pablo y San Antonio. Actualmente queda un eremitorio en Valldemossa.


Ermitaños de Valldemossa

. Ermita de la Santísima Trinidad. 07170 Valldemossa (Mallorca).Tel. 971 612 112


También están los Hermanos Ermitaños de la Virgen del Carmen que desean vivir el primitivo ideal carmelitano de aquellos Santos Padres que se establecieron en el Monte Carmelo para vivir en oración bajo el signo de María Santísima. Contacto: Monasterio de Santa María de los Arenales y San José. 14740 Hornachuelos (Córdoba). Tel. 957 64 05 35

lunes, 31 de octubre de 2011

ORACIÓN E INTELIGENCIA

La actividad más elevada de la inteligencia, es la Oración. Solo la Oración hace a la inteligencia capaz de su objeto: el Ser. Hay ahí una relación ontológica necesaria. Sin la Oración, la inteligencia se desvía de su objeto y se dispersa en la vanidad, lo contingente, lo efímero. La Oración, dice el catecismo, es una elevación del alma hacia Dios. El alma es elevada, «asumida» como la Virgen en su Asunción, pero ella es elevada en los Cielos por los Angeles, mensajeros del Espíritu. Ya que «nosotros no sabemos lo que debemos pedir a Dios en nuestras plegarias, peor el Espíritu mismo ora por nosotros con gemidos inefables,... diciendo: Abba, Padre» (Romanos VIII, 26 y 15). Y el Apóstol dice también: «Yo oraré con el espíritu, pero yo oraré también con la inteligencia; cantaré con el espíritu, pero cantaré también con la inteligencia» (1 Corintios XIV, 15). En efecto el Espíritu Santo, que ora en nosotros, nos conduce al Padre por el Logos. Es el «Trisagion», la triple acción de gracias: Sanctus, sanctus, sanctus, por la cual la Trinidad se hace Gloria a si misma a través del hombre. Y «nadie puede decir Jesús es el Señor, si no es por el Espíritu Santo» (1 Cor. XII, 3).

El Salmista declara: Os meum aperui et attraxi spiritum. Orar = orare = os aperire = abrir la boca. Así el Soplo divino y el Verbo-Intelecto que proceden del Padre y que vuelven al Padre, constituyen los «motores divinos» de la Oración que «eleva el alma hacia Dios». Nosotros estamos al nivel de la ontología, y no de la sicología.

La Patrística se hace echo de esta doctrina, sobre todo en lo que concierne a la inteligencia: « La oración sin distracción es la intelección más alta de la inteligencia»; «La oración es una ascensión de la inteligencia hacia Dios»; «El estado de oración es un habitus impasible que, por una amor de lo supremo, embelesa sobre las cimas intelectuales al intelecto pleno de sabiduría»; «La plegaria es un estado del intelecto, destructor de todos los pensamientos terrestres»; «Aquel que ora en espíritu y en verdad no obtiene de las criaturas las alabanzas que dirige al Creador: es de Dios mismo desde donde él alaba a Dios»; «La salmodia equilibra las pasiones y apacigua la intemperancia del cuerpo; la Oración hace ejercer a la inteligencia su actividad propia»; «La oración es la actividad que encuentra su dignidad de la inteligencia»; «La salmodia revela la sabiduría multiforme; la oración es el preludio de la gnosis inmaterial y uniforme» (Evagiro Pontico, Pequeña Filocalia).

«La oración no se separa del intelecto lo mismo que el sol de sus rayos. Sin ella, las preocupaciones sensibles envuelven al intelecto como las nubes sin agua y le separan de su esplendor propio» (Elías Ecdicos).

Abbé Henri Stéphane

viernes, 14 de octubre de 2011

SOBRE LA CONTEMPLACIÓN

ANTONIO: Los peces que permanecen en la tierra, mueren. Así también los monjes que rondan por fuera de su celda, pierden el tono de su esijia (contemplación). Así como el pez tiene que retornar acto seguido al mar, el monje tiene que retornar a su celda. Sino, viviendo a fuera olvidaréis lo de dentro.

ARSENIO: Un día rogó a Dios: Senyor conducidme hacia la salvación. Y sintió una
voz que le decía: "Arsenio huye de tu egoísmo y practica el esijia. Ésta es la raíz de la impecabilidad.

MOISÈS: Permanece sentado en tu celda y ella te lo enseñará todo.

Abad PASTOR: El principio de todos los males es el descuido.

Abad PASTOR: Hay que huir del ser dominado por las pasiones corporales. Pues todo el tiempo que uno es llevado por sus ataques, se parece a un hombre que esta colgado sobre un pozo profundo. Su enemigo le precipitará fácilmente a cualquier momento que le complazca. Pero cuándo el hombre está lejos del dominio de las pasiones corporales, se parece al que vive lejos del pozo. Si el enemigo le quiere precipitar, Dios le envía su socorro.

SINCLÈTICA: Es mejor vivir entre muchos y llevar en espíritu la vida solitaria que estar solo y vivir deseando la multitud. A quien esta distraído, el agitación no le deja ver los propios pecados, el que guarda el esijia ve todas sus carencias.

domingo, 9 de octubre de 2011

Thomas Merton y el silencio

“El silencio puede ser un gran problema o una inmensa gracia. Cuando se convierte en una regla excesivamente formalizada, deja de ser una fuente de gracia y se transforma en un problema porque no constituye una experiencia bienhechora. Durante mucho, demasiado tiempo, nuestro silencio ha sido en verdad una forma de ausencia, un estar ausentes los unos respecto de los otros. Debemos permitir que el silencio se impregne de presencia y de luz. Solo entonces será fuente de vida”. (TM, Manantiales, 18/19)
de Amigos de Thomas Merton

martes, 4 de octubre de 2011

Abre tu corazon al movimiento de la gracia


Es mucho mejor ser separado de la visión del mundo en esta noche oscura, por muy penoso que eso pueda resultar, que morar fuera, ocupado en los falsos placeres del mundo... Porque cuando estás en esa noche, te encuentras mucho más cerca de Jerusalén que cuando estás en la falsa luz. Abre tu corazón al movimiento de la gracia y acostúmbrate a residir en esta oscuridad, intenta familiarizarte con ella y encontrarás rápidamente que la paz, y la verdadera luz de la comprensión espiritual inundarán tu alma...
Walter Hilton, un místico inglés del siglo catorce dice en su Scale of Perfection

sábado, 17 de septiembre de 2011

La oración incesante



Nunca tocamos suficientemente a fondo la miseria para clamar a Dios, pues el grito que llega de lo profundo es siempre escuchado.

Todavía hoy, después de haber suplicado tanto y de encontrarme en un estado en el que no tengo más solución de recambio que la oración, estoy íntimamente persuadido de que apenas he comenzado a suplicar. Cualesquiera que sean los gritos de angustia arrancados a nuestro corazón de piedra, no son nada al lado de lo que el Señor espera de nosotros en materia de súplica. Con un toque de humor, casi podríamos decir que ni siquiera hemos comenzado a suplicar. No soy yo quien lo dice, sino el mismo Jesús, que amonesta a sus apóstoles con estas palabras: Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestra dicha sea completa (Jn 16,24).

Pero reconozco también que no sabría nada de la oración de súplica, de la que tantos religiosos, e incluso sacerdotes, no conocen gran cosa, cuando no la critican incluso, si no hubiera pasado por las pruebas que he experimentado. Y en este sentido doy gracias a Dios por haberme hecho pasar por ahí, pues era el único medio de sumirme en la oración. Una historia que ya he contado en La oración del corazón permitirá comprenderlo.



DÍA Y NOCHE.Jean Lafrance
Ediciones Paulinas. Madrid 1993

jueves, 15 de septiembre de 2011

El silencio y tus miserias


No hay silencio verdadero si no aceptas tu propia miseria, si no permites a Jesús que viva tu miseria, que more en tu miseria.
Para alcanzar el silencio, has de tener tu corazón en paz, y no tendrás nunca paz en tu corazón si tu pobreza te perturba.
Tu pobreza, tu miseria, es el barro que se adhiere con fuerza a la raíz de tu propio ser. Si asumes tu barro, si lo reconoces como parte de tu vida, no se te hará pesado, no te impedirá avanzar. Entonces piensas en Cristo, que te ama en tu pobreza. Él se hace pobre. Llega a ser pecado para redimir tu pobreza y, asumiéndola, te libera.

Ora desde tu miseria, peregrino orante. Vive en comunión con ella, reconócete en ella. Recuerda a Cristo esclavo y asume tu miseria. Ama a Cristo presente en tu miseria, vive en comunión con Él. Orarás, orarás y tendrás paz.

Sé solidario y comprensivo ante la miseria del hermano, porque tu oración te lleva a reconocerte en su miseria y a reconocer a Cristo presente en tu miseria.

Dios te ama en tu pobreza. Jesús quiere vivir tu pobreza: ten paz. Él te ama tal y como eres. Abre tu vida y permítele al Señor encarnarse en tu pobreza y en tus miserias. Él quiere orar en ti, por eso asume y redime tu pecado.

Viviendo en actitud orante serás humilde de corazón.

En la paz del silencio cava la tierra de tu alma para prepararla a recibir la semilla de la humildad, fuente de la oración y de la vida en Dios.

Contempla en silencio: Él te ama y te ama tal y como eres. Que no te inquieten tus miserias. Él, el padre, el tres veces santo te ama, cercano y comprensivo, en comunión con tu alma pobre.

Déjate guiar por Dios y permite que el viento del Espíritu Santo llene las velas de tu barca.

Si deseas hacer la ruta del silencio, deberás vivir en la humildad y en la pobreza de alma.

Ten paz. No te inquietes por nada. Acéptate. Asume en paz tu vida. Porque no podrá haber silencio en tu alma si no hay aceptación confiada de la propia limitación, si no reconoces tu pecado y te expones a la misericordia liberadora de Cristo.

Jaume Boada i Rafí O.P. - Peregrino del silencio

martes, 6 de septiembre de 2011

La piedad eucarística en el pueblo católico

Los últimos ocho siglos de la historia de la Iglesia suponen en los fieles católicos un crescendo notable en la devoción a Cristo, presente en la Eucaristía.

En efecto, a partir del siglo XIII, como hemos visto, la devoción al Sacramento se va difundiendo más y más en el pueblo cristiano, haciéndose una parte integrante de la piedad católica común. Los predicadores, los párrocos en sus comunidades, las Cofradías del Santísimo Sacramento, impulsan con fuerza ese desarrollo devocional.

En el crecimiento de la piedad eucarística tiene también una gran importancia la doctrina del concilio de Trento sobre la veneración debida al Sacramento (Dz 882. 878. 888/1649. 1643-1644. 1656). Por ella se renuevan devociones antiguas y se impulsan otras nuevas.

La adoración eucarística de las Cuarenta horas, por ejemplo, tiene su origen en Roma, en el siglo XIII. Esta costumbre, marcada desde su inicio por un sentido de expiación por el pecado -cuarenta horas permanece Cristo en el sepulcro-, recibe en Milán durante el siglo XVI un gran impulso a través de San Antonio María Zaccaria (+1539) y de San Carlos Borromeo después (+1584). Clemente VIII, en 1592, fija las normas para su realización. Y Urbano VIII (+1644) extiende esta práctica a toda la Iglesia.

La procesión eucarística de «la Minerva», que solía realizarse en las parroquias los terceros domingos de cada mes, procede de la iglesia romana de Santa Maria sopra Minerva.

Las devociones eucarísticas, que hemos visto nacer en centro Europa, arraigan de modo muy especial en España, donde adquieren expresiones de gran riqueza estética y popular, como los seises de Sevilla o el Corpus famoso de Toledo. Y de España pasan a Hispanoamérica, donde reciben formas extremadamente variadas y originales, tanto en el arte como en el folclore religioso: capillas barrocas del Santísimo, procesiones festivas, exposiciones monumentales, bailes y cantos, poesías y obras de teatro en honor de la Eucaristía.

El culto a la Eucaristía fuera de la Misa llega, en fin, a integrar la piedad común del pueblo cristiano. Muchos fieles practican diariamente la visita al Santísimo. En las parroquias, con el rosario, viene a ser común la Hora santa, la exposición del Santísimo diaria o semanal, por ejemplo, en los Jueves eucarísticos.

El arraigo devocional de las visitas al Santísimo puede comprobarse por la abundantísima literatura piadosa que ocasiona. Por ejemplo, entre los primeros escritos de san Alfonso María de Ligorio (+1787) está Visite al SS. Sacramento e a Maria SS.ma, de 1745. En vida del santo este librito alcanza 80 ediciones y es traducido a casi todas las lenguas europeas. Posteriormente ha tenido más de 2.000 ediciones y reimpresiones.

En los siglos modernos, hasta hoy, la piedad eucarística cumple una función providencial de la máxima importancia: confirmando diariamente la fe de los católicos en la amorosa presencia real de Jesús resucitado, les sirve de ayuda decisiva para vencer la frialdad del jansenismo, las tentaciones deistas de un iluminismo desencarnado o la actual horizontalidad inmanentista de un secularismo generalizado.

Congregaciones religiosas

Institutos especialmente centrados en la veneración de la Eucaristía hay muy antiguos, como los monjes blancos o hermanos del Santo Sacramento, fundados en 1328 por el cisterciense Andrés de Paolo. Pero estas fundaciones se producen sobre todo a partir del siglo XVII, y llegan a su mayor número en el siglo XIX.

«No es exagerado decir que el conjunto de las congregaciones fundadas en el siglo XIX -adoratrices, educadoras o misioneras- profesa un culto especial a la Eucaristía: adoración perpetua, largas horas de adoración común o individual, ejercicios de devoción ante el Santísimo Sacramento expuesto, etc.» (Bertaud 1633).

Recordaremos aquí únicamente, a modo de ejemplo, a los Sacerdotes y a las Siervas del Santísimo Sacramento, fundados por san Pedro-Julián Eymard (+1868) en 1856 y 1858, dedicados al apostolado eucarístico y a la adoración perpetua. Y a las Adoratrices, siervas del Santísimo Sacramento y de la caridad, fundadas en 1859 por santa Micaela María del Santísimo Sacramento (+1865), que escribe en una ocasión:

«Estando en la guardia del Santísimo... me hizo ver el Señor las grandes y especiales gracias que desde los Sagrarios derrama sobre la tierra, y además sobre cada individuo, según la disposición de cada uno... y como que las despide de Sí en favor de los que las buscan» (Autobiografía 36,9).

Es en estos años, en 1848, como ya vimos, cuando Hermann Cohen inicia en París la Adoración Nocturna.

En el siglo XX son también muchos los institutos que nacen con una acentuada devoción eucarística. En España, por ejemplo, podemos recordar los fundados por el venerable Manuel González, obispo (1887-1940): las Marías de los Sagrarios, las Misioneras eucarísticas de Nazaret, etc. En Francia, los Hermanitos y Hermanitas de Jesús, derivados de Charles de Foucauld (1858-1916) y de René Voillaume. También las Misioneras de la Caridad, fundadas por la madre Teresa de Calcuta, se caracterizan por la profundidad de su piedad eucarística. En éstos y en otros muchos institutos, la Misa y la adoración del Santísimo forman el centro vivificante de cada día.

Congresos eucarísticos

Émile Tamisier (1843-1910), siendo novicia, deja las Siervas del Santísimo Sacramento para promover en el siglo la devoción eucarística. Lo intenta primero en forma de peregrinaciones, y más tarde en la de congresos. Éstos serán diocesanos, regionales o internacionales. El primer congreso eucarístico internacional se celebra en Lille en 1881, y desde entonces se han seguido celebrando ininterrumpidamente hasta nuestros días.

La piedad eucarística en otras confesiones cristianas

Ya hemos aludido a algunas posiciones antieucarísticas producidas entre los siglos IX y XIII. Pues bien, en la primera mitad del siglo XVI resurge la cuestión con los protestantes y por eso el concilio de Trento, en 1551, se ve obligado a reafirmar la fe católica frente a ellos, que la niegan:

«Si alguno dijere que, acabada la consagración de la Eucaristía, no se debe adorar con culto de latría, aun externo, a Cristo, unigénito Hijo de Dios, y que por tanto no se le debe venerar con peculiar celebración de fiesta, ni llevándosele solemnemente en procesión, según laudable y universal rito y costumbre de la santa Iglesia, o que no debe ser públicamente expuesto para ser adorado, y que sus adoradores son idólatras, sea anatema» (Dz 888/1656).

El anglicanismo, sin embargo, reconoce en sus comienzos la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Y aunque pronto sufre en este tema influjos luteranos y calvinistas, conserva siempre más o menos, especialmente en su tendencia tradicional, un cierto culto de adoración (Bertaud 1635). El acuerdo anglicano-católico sobre la teología eucarística, de septiembre de 1971, es un testimonio de esta proximidad doctrinal («Phase» 12, 1972, 310-315). En todo caso, el mundo protestante actual, en su conjunto, sigue rechazando el culto eucarístico.

En nuestro tiempo, estas posiciones protestantes han afectado a una buena parte de los llamados católicos progresistas, haciendo necesaria la encíclica Mysterium fidei (1965) de Pablo VI:

En referencia a la Eucaristía, no se puede «insistir tanto en la naturaleza del signo sacramental como si el simbolismo, que ciertamente todos admiten en la sagrada Eucaristía, expresase exhaustivamente el modo de la presencia de Cristo en este sacramento. Ni se puede tampoco discutir sobre el misterio de la transustanciación sin referirse a la admirable conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo de Cristo y de toda la sustancia del vino en su sangre, conversión de la que habla el concilio de Trento, de modo que se limitan ellos tan sólo a lo que llaman transignificación y transfinalización. Como tampoco se puede proponer y aceptar la opinión de que en las hostias consagradas, que quedan después de celebrado el santo sacrificio, ya no se halla presente nuestro Señor Jesucristo» (4).

Las Iglesias de Oriente, en fin, todas ellas, promueven en sus liturgias un sentido muy profundo de adoración de Cristo en la misma celebración del Misterio sagrado. Pero fuera de la Misa, el culto eucarístico no ha sido asumido por las Iglesias orientales separadas de Roma, que permanecen fijas en lo que fueron usos universales durante el primer milenio cristiano. Sí en cambio por las Iglesias orientales que viven la comunión católica (+Mysterium fidei 41). En ellas, incluso, hay también institutos religiosos especialmente destinados a esta devoción, como las Hermanas eucarísticas de Salónica (Bertaud 1634-1635).

Centralidad de la Eucaristía

Desde el principio del cristianismo, la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia. Como memorial de la pasión y de la resurrección de Cristo Salvador, como sacrificio de la Nueva Alianza, como cena que anticipa y prepara el banquete celestial, como signo y causa de la unidad de la Iglesia, como actualización perenne del Misterio pascual, como Pan de vida eterna y Cáliz de salvación, la celebración de la Eucaristía es el centro indudable del cristianismo.

Normalmente, la Misa al principio se celebra sólo el domingo, pero ya en los siglos III y IV se generaliza la Misa diaria.

La devoción antigua a la Eucaristía lleva en algunos momentos y lugares a celebrarla en un solo día varias veces. San León III (+816) celebra con frecuencia siete y aún nueve en un mismo día. Varios concilios moderan y prohiben estas prácticas excesivas. Alejandro II (+1073) prescribe una Misa diaria: «muy feliz ha de considerarse el que pueda celebrar dignamente una sola Misa» cada día.

Reserva de la Eucaristía

En los siglos primeros, a causa de las persecuciones y al no haber templos, la conservación de las especies eucarísticas se hace normalmente en forma privada, y tiene por fin la comunión de los enfermos, presos y ausentes.

Esta reserva de la Eucaristía, al cesar las persecuciones, va tomando formas externas cada vez más solemnes.

Las Constituciones apostólicas -hacia el 400- disponen ya que, después de distribuir la comunión, las especies sean llevadas a un sacrarium. El sínodo de Verdun, del siglo VI, manda guardar la Eucaristía «en un lugar eminente y honesto, y si los recursos lo permiten, debe tener una lámpara permanentemente encendida». Las píxides de la antigüedad eran cajitas preciosas para guardar el pan eucarístico. León IV (+855) dispone que «sólamente se pongan en el altar las reliquias, los cuatro evangelios y la píxide con el Cuerpo del Señor para el viático de los enfermos».

Estos signos expresan la veneración cristiana antigua al cuerpo eucarístico del Salvador y su fe en la presencia real del Señor en la Eucaristía. Todavía, sin embargo, la reserva eucarística tiene como fin exclusivo la comunión de enfermos y ausentes; pero no el culto a la Presencia real.

La adoración eucarística dentro de la Misa

Ha de advertirse, sin embargo, que ya por esos siglos el cuerpo de Cristo recibe de los fieles, dentro de la misma celebración eucarística, signos claros de adoración, que aparecen prescritos en las antiguas liturgias. Especialmente antes de la comunión -Sancta santis, lo santo para los santos-, los fieles realizan inclinaciones y postraciones:

«San Agustín decía: "nadie coma de este cuerpo, si primero no lo adora", añadiendo que no sólo no pecamos adorándolo, sino que pecamos no adorándolo» (Pío XII, Mediator Dei 162).

Por otra parte, la elevación de la hostia, y más tarde del cáliz, después de la consagración, suscita también la adoración interior y exterior de los fieles. Hacia el 1210 la prescribe el obispo de París, antes de esa fecha es practicada entre los cistercienses, y a fines del siglo XIII es común en todo el Occidente. En nuestro siglo, en 1906, San Pío X, «el papa de la Eucaristía», concede indulgencias a quien mire piadosamente la hostia elevada, diciendo «Señor mío y Dios mío» (Jungmann II,277-291).

Primeras manifestaciones del culto a la Eucaristía fuera de la Misa

La adoración de Cristo en la misma celebración del Sacrificio eucarístico es vivida, como hemos dicho, desde el principio. Y la adoración de la Presencia real fuera de la Misa irá configurándose como devoción propia a partir del siglo IX, con ocasión de las controversias eucarísticas. Por esos años, al simbolismo de un Ratramno, se opone con fuerza el realismo de un Pascasio Radberto, que acentúa la presencia real de Cristo en la Eucaristía, no siempre en términos exactos.

Conflictos teológicos análogos se producen en el siglo XI. La Iglesia reacciona con prontitud y fuerza unánime contra el simbolismo eucarístico de Berengario de Tours (+1088). Su doctrina es impugnada por teólogos como Anselmo de Laón (+1117) o Guillermo de Champeaux (+1121), y es inmediatamente condenada por un buen número de Sínodos (Roma, Vercelli, París, Tours), y sobre todo por los Concilios Romanos de 1059 y de 1079 (Dz 690 y 700).

En efecto, el pan y el vino, una vez consagrados, se convierten «substancialmente en la verdadera, propia y vivificante carne y sangre de Jesucristo, nuestro Señor». Por eso en el Sacramento está presente totus Christus, en alma y cuerpo, como hombre y como Dios.

Estas enérgicas afirmaciones de la fe van acrecentando más y más en el pueblo la devoción a la Presencia real.

Veamos algunos ejemplos. A fines del siglo IX, la Regula solitarium establece que los ascetas reclusos, que viven en lugar anexo a un templo, estén siempre por su devoción a la Eucaristía en la presencia de Cristo. En el siglo XI, Lanfranco, arzobispo de Canterbury, establece una procesión con el Santísimo en el domingo de Ramos. En ese mismo siglo, durante las controversias con Berengario, en los monasterios benedictinos de Bec y de Cluny existe la costumbre de hacer genuflexión ante el Santísimo Sacramento y de incensarlo. En el siglo XII, la Regla de los reclusos prescribe: «orientando vuestro pensamiento hacia la sagrada Eucaristía, que se conserva en el altar mayor, y vueltos hacia ella, adoradla diciendo de rodillas: "¡salve, origen de nuestra creación!, ¡salve, precio de nuestra redención!, ¡salve, viático de nuestra peregrinación!, ¡salve, premio esperado y deseado!"».

En todo caso, conviene recordar que «la devoción individual de ir a orar ante el sagrario tiene un precedente histórico en el monumento del Jueves Santo a partir del siglo XI, aunque ya el Sacramentario Gelasiano habla de la reserva eucarística en este día... El monumento del Jueves Santo está en la prehistoria de la práctica de ir a orar individualmente ante el sagrario, devoción que empieza a generalizarse a principos del siglo XIII» (Olivar 192).

Aversión y devoción en el siglo XIII

Por esos tiempos, sin embargo, no todos participan de la devoción eucarística, y también se dan casos horribles de desafección a la Presencia real. Veamos, a modo de ejemplo, la infinita distancia que en esto se produce entre cátaros y franciscanos. Cayetano Esser, franciscano, describe así el mundo de los primeros:

«En aquellos tiempos, el ataque más fuerte contra el Sacramento del Altar venía de parte de los cátaros [muy numerosos en la zona de Asís]. Empecinados en su dualismo doctrinal, rechazaban precisamente la Eucaristía porque en ella está siempre en íntimo contacto el mundo de lo divino, de lo espiritual, con el mundo de lo material, que, al ser tenido por ellos como materia nefanda, debía ser despreciado. Por oportunismo, conservaban un cierto rito de la fracción del pan, meramente conmemorativo. Para ellos, el sacrificio mismo de Cristo no tenía ningún sentido.

«Otros herejes declaraban hasta malvado este sacramento católico. Y se había extendido un movimiento de opinión que rehusaba la Eucaristía, juzgando impuro todo lo que es material y proclamando que los "verdaderos cristianos" deben vivir del "alimento celestial".

«Teniendo en cuenta este ambiente, se comprenderá por qué, precisamente en este tiempo, la adoración de la sagrada hostia, como reconocimiento de la presencia real, venía a ser la señal distintiva más destacada de los auténticos verdaderos cristianos. El culto de adoración de la Eucaristía, que en adelante irá tomando formas múltiples, tiene aquí una de sus raíces más profundas. Por el mismo motivo, el problema de la presencia real vino a colocarse en el primer plano de las discusiones teológicas, y ejerció también una gran influencia en la elaboración del rito de la Misa.

«Por otra parte, las decisiones del Concilio de Letrán [IV: 1215] nos descubren los abusos de que tuvo que ocuparse entonces la Iglesia. El llamado Anónimo de Perusa es a este respecto de una claridad espantosa: sacerdotes que no renovaban al tiempo debido las hostias consagradas, de forma que se las comían los gusanos; o que dejaban a propósito caer a tierra el cuerpo y la sangre del Señor, o metían el Sacramento en cualquier cuarto, y hasta lo dejaban colgado en un árbol del jardin; al visitar a los enfermos, se dejaban allí la píxide y se iban a la taberna; daban la comunión a los pecadores públicos y se la negaban a gentes de buena fama; celebraban la santa Misa llevando una vida de escándalo público», etc. (Temi spirituali, Biblioteca Francescana, Milán 1967, 281-282; +D. Elcid, Clara de Asís, BAC pop. 31, Madrid 1986, 193-195).

Frente a tales degradaciones, se producen en esta época grandes avances de la devoción eucarística. Entre otros muchos, podemos considerar el testimonio impresionante de san Francisco de Asís (1182-1226). Poco antes de morir, en su Testamento, pide a todos sus hermanos que participen siempre de la inmensa veneración que él profesa hacia la Eucaristía y los sacerdotes:

«Y lo hago por este motivo: porque en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y sólo ellos administran a los demás. Y quiero que estos santísimos misterios sean honrados y venerados por encima de todo y colocados en lugares preciosos» (10-11; +Admoniciones 1: El Cuerpo del Señor).

Esta devoción eucarística, tan fuerte en el mundo franciscano, también marca una huella muy profunda, que dura hasta nuestros días, en la espiritualidad de las clarisas. En la Vida de santa Clara (+1253), escrita muy pronto por el franciscano Tomás de Celano (hacia 1255), se refiere un precioso milagro eucarístico. Asediada la ciudad de Asís por un ejército invasor de sarracenos, son éstos puestos en fuga en el convento de San Damián por la virgen Clara:

«Ésta, impávido el corazón, manda, pese a estar enferma, que la conduzcan a la puerta y la coloquen frente a los enemigos, llevando ante sí la cápsula de plata, encerrada en una caja de marfil, donde se guarda con suma devoción el Cuerpo del Santo de los Santos». De la misma cajita le asegura la voz del Señor: "yo siempre os defenderé", y los enemigos, llenos de pánico, se dispersan» (Legenda santæ Claræ 21).

La iconografía tradicional representa a Santa Clara de Asís con una custodia en la mano.

Santa Juliana de Mont-Cornillon y la fiesta del Corpus Christi

El profundo sentimiento cristocéntrico, tan característico de esta fase de la Edad Media, no puede menos de orientar el corazón de los fieles hacia el Cristo glorioso, oculto y manifiesto en la Eucaristía, donde está realmente presente. Así lo hemos comprobado en el ejemplo de franciscanos y clarisas. Es ahora, efectivamente, hacia el 1200, cuando, por obra del Espíritu Santo, la devoción al Cristo de la Eucaristía va a desarrollarse en el pueblo cristiano con nuevos impulsos decisivos.

A partir del año 1208, el Señor se aparece a santa Juliana (1193-1258), primera abadesa agustina de Mont-Cornillon, junto a Lieja. Esta religiosa es una enamorada de la Eucaristía, que, incluso físicamente, encuentra en el pan del cielo su único alimento. El Señor inspira a santa Juliana la institución de una fiesta litúrgica en honor del Santísimo Sacramento. Por ella los fieles se fortalecen en el amor a Jesucristo, expían los pecados y desprecios que se cometen con frecuencia contra la Eucaristía, y al mismo tiempo contrarrestan con esa fiesta litúrgica las agresiones sacrílegas cometidas contra el Sacramento por cátaros, valdenses, petrobrusianos, seguidores de Amaury de Bène, y tantos otros.

Bajo el influjo de estas visiones, el obispo de Lieja, Roberto de Thourotte, instituye en 1246 la fiesta del Corpus. Hugo de Saint-Cher, dominico, cardenal legado para Alemania, extiende la fiesta a todo el territorio de su legación. Y poco después, en 1264, el papa Urbano IV, antiguo arcediano de Lieja, que tiene en gran estima a la santa abadesa Juliana, extiende esta solemnidad litúrgica a toda la Iglesia latina mediante la bula Transiturus. Esta carta magna del culto eucarístico es un himno a la presencia de Cristo en el Sacramento y al amor inmenso del Redentor, que se hace nuestro pan espiritual.

Es de notar que en esta Bula romana se indican ya los fines del culto eucarístico que más adelante serán señalados por Trento, por la Mediator Dei de Pío XII o por los documentos pontificios más recientes: 1) reparación, «para confundir la maldad e insensatez de los herejes»; 2) alabanza, «para que clero y pueblo, alegrándose juntos, alcen cantos de alabanza»; 3) servicio, «al servicio de Cristo»; 4) adoración y contemplación, «adorar, venerar, dar culto, glorificar, amar y abrazar el Sacramento excelentísimo»; 5) anticipación del cielo, «para que, pasado el curso de esta vida, se les conceda como premio» (DSp IV, 1961, 1644).

La nueva devoción, sin embargo, ya en la misma Lieja, halla al principio no pocas oposiciones. El cabildo catedralicio, por ejemplo, estima que ya basta la Misa diaria para honrar el cuerpo eucarístico de Cristo. De hecho, por un serie de factores adversos, la bula de 1264 permanece durante cincuenta años como letra muerta.

Prevalece, sin embargo, la voluntad del Señor, y la fiesta del Corpus va siendo aceptada en muchos lugares: Venecia, 1295; Wurtzburgo, 1298; Amiens, 1306; la orden del Carmen, 1306; etc. Los títulos que recibe en los libros litúrgicos son significativos: dies o festivitas eucharistiæ, festivitas Sacramenti, festum, dies, sollemnitas corporis o de corpore domini nostri Iesu Christi, festum Corporis Christi, Corpus Christi, Corpus...

El concilio de Vienne, finalmente, en 1314, renueva la bula de Urbano IV. Diócesis y órdenes religiosas aceptan la fiesta del Corpus, y ya para 1324 es celebrada en todo el mundo cristiano.

Celebración del Corpus y exposiciones del Santísimo

La celebración del Corpus implica ya en el siglo XIII una procesión solemne, en la que se realiza una «exposición ambulante del Sacramento» (Olivar 195). Y de ella van derivando otras procesiones con el Santísimo, por ejemplo, para bendecir los campos, para realizar determinadas rogativas, etc.

Por otra parte, «esta presencia palpable, visible, de Dios, esta inmediatez de su presencia, objeto singular de adoración, produjo un impacto muy notable en la mentalidad cristiana occidental e introdujo nuevas formas de piedad, exigiendo rituales nuevos y creando la literatura piadosa correspondiente. En el siglo XIV se practicaba ya la exposición solemne y se bendecía con el Santísimo. Es el tiempo en que se crearon los altares y las capillas del santísimo Sacramento» (Id. 196).

Las exposiciones mayores se van implantando en el siglo XV, y siempre la patria de ellas «es la Europa central. Alemania, Escandinavia y los Países Bajos fueron los centros de difusión de las prácticas eucarísticas, en general» (Id. 197). Al principio, colocado sobre el altar el Sacramento, es adorado en silencio. Poco a poco va desarrollándose un ritual de estas adoraciones, con cantos propios, como el Ave verum Corpus natum ex Maria Virgine, muy popular, en el que tan bellamente se une la devoción eucarística con la mariana.

La exposición del Santísimo recibe una acogida popular tan entusiasta que ya hacia 1500 muchas iglesias la practican todos los domingos, normalmente después del rezo de las vísperas -tradición que hoy perdura, por ejemplo, en los monasterios benedictinos de la congregación de Solesmes-. La costumbre, y también la mayoría de los rituales, prescribe arrodillarse en la presencia del Santísimo.

En los comienzos, el Santísimo se mantenía velado tanto en las procesiones como en las exposiciones eucarísticas. Pero la costumbre y la disciplina de la Iglesia van disponiendo ya en el siglo XIV la exposición del cuerpo de Cristo «in cristallo» o «in pixide cristalina».

Las Cofradías eucarísticas

Con el fin de que nunca cese el culto de fe, amor y agradecimiento a Cristo, presente en la Eucaristía, nacen las Cofradías del Santísimo Sacramento, que «se desarrollan antes, incluso, que la festividad del Corpus Christi. La de los Penitentes grises, en Avignon se inicia en 1226, con el fin de reparar los sacrilegios de los albigenses; y sin duda no es la primera» (Bertaud 1632). Con unos u otros nombres y modalidades, las Cofradías Eucarísticas se extienden ya a fin del siglo XIII por la mayor parte de Europa.

Estas Cofradías aseguran la adoración eucarística, la reparación por las ofensas y desprecios contra el Sacramento, el acompañamiento del Santísimo cuando es llevado a los enfermos o en procesión, el cuidado de los altares y capillas del Santísimo, etc.

Todas estas hermandades, centradas en la Eucaristía, son agregadas en una archicofradía del Santísimo Sacramento por Paulo III en la Bula Dominus noster Jesus Cristus, en 1539, y tienen un influjo muy grande y benéfico en la vida espiritual del pueblo cristiano. Algunas, como la Compañía del Santísimo Sacramento, fundada en París en 1630, llegaron a formar escuelas completas de vida espiritual para los laicos.

Su fundador fue el Duque de Ventadour, casado con María Luisa de Luxemburgo. En 1629, ella ingresa en el Carmelo y él toma el camino del sacerdocio (E. Levesque, DSp II, 1301-1305).

Las Asociaciones y Obras eucarísticas se multiplican en los últimos siglos: la Guardia de Honor, la Hora Santa, los Jueves sacerdotales, la Cruzada eucarística, etc.

Atención especial merece hoy, por su difusión casi universal en la Iglesia Católica, la Adoración Nocturna. Aunque tiene varios precedentes, como más tarde veremos, en su forma actual procede de la asociación iniciada en París por Hermann Cohen el 6 de diciembre de 1848, hace, pues, ciento cincuenta años.

Fines complementarios de la Adoracion Nocturna

La AN no agota su finalidad con la pura celebración de las vigilias mensuales. A ella le corresponde también, por Estatutos, promover otras formas de devoción y culto a la sagrada Eucaristía, siempre dentro de la comunión de la Iglesia y la obediencia a la Jerarquía apostólica.

Los adoradores, pues, cada uno en su familia, en su parroquia o allí donde puedan actuar -colegios, asociaciones laicales y movimientos, etc.-, han de promover la devoción a la Eucaristía y el culto a la misma. Ésta es la proyección apostólica específica de la AN. Otras actividades apostólicas podrán ser cumplidas por los adoradores en cuanto feligreses de una comunidad parroquial o miembros de determinados movimientos laicales. Pero en cuanto adoradores han de comprometerse en el apostolado eucarístico. Señalaremos, a modo de ejemplo, algunos de los objetivos que los adoradores deben pretender con todo empeño, con oración insistente y esperanzada, y con trabajo humilde y paciente:

-Practicar con frecuencia las visitas al Santísimo y difundir esta preciosa forma de oración. Esto ha de ir por delante de todo. El adorador nocturno ha de ser también un adorador diurno.

-Conseguir que, según lo que dispone la Iglesia (Ritual 8; Código 937), haya iglesias que permanezcan abiertas durante algunas horas al día, de modo que no se abran sólo para la Misa o los sacramentos. Al menos en la ciudad y también en los pueblos más o menos grandes, en principio, es posible conseguirlo. Éste es un asunto muy grave. La vida espiritual del pueblo católico se configura de un modo u otro según que los fieles dispongan o no de templos, de lugares idóneos no sólo para la celebración del culto, sino para la oración. El Ritual de la dedicación de iglesias manifiesta muy claramente que las iglesias católicas han de ser «casas de oración».

-Procurar la dignidad de los sagrarios y capillas del Santísimo.

-Fomentar en la parroquia, de acuerdo con el párroco y en unión si es posible con otros adoradores, algún modo habitual de culto a la Eucaristía fuera de la Misa: exposiciones del Santísimo diarias, semanales o mensuales, celebración anual de las Cuarenta Horas, o en fin, lo que se estime más viable y conveniente.

-Promover en alguna iglesia de la ciudad alguna forma de adoración perpetua durante el día. Los adoradores activos, y también los veteranos, han de ofrecerse los primeros para hacer posible la continuidad de los turnos de vela.

-Cultivar grupos de tarsicios, es decir, de adoradores niños o adolescentes: animarles, formarles, guiarles en sus reuniones de adoración eucarística. San Tarsicio, en los siglos III-IV, fue un niño romano, mártir de la Eucaristía.

-Difundir la devoción eucarística en colegios católicos, reuniones de movimientos apostólicos, Seminario, ejercicios espirituales, catequesis, retiros y convivencias.

-Procurar que el Corpus Christi sea celebrado con todo esplendor, y guarde su identidad genuina, la que es querida por Dios, de tal modo que esta solemnidad litúrgica no venga a desvanecerse, ocultada por otras significaciones -por ejemplo, el Día de la Caridad-. Por muy valiosas que sean estas otras significaciones, son diversas.

Insistamos en lo primero. Si un adorador tiene de verdad amor a Cristo en la Eucaristía, si quiere ser de verdad fiel a su propia vocación, la que Dios le ha dado, ¿cómo podrá limitar su devoción y acción a una vigilia mensual?

La Adoración Nocturna

Las vigilias de la antigüedad, primer precedente de la AN

Las vigilias mensuales de la Adoración Nocturna (=AN) continúan la tradición de aquellas vigilias nocturnas de los primeros cristianos, si bien éstos, como sabemos, no prestaban todavía una especial atención devocional a la Eucaristía reservada.

En efecto, los primeros cristianos, movidos por la enseñanza y el ejemplo de Cristo -«vigilad y orad»-, no sólamente procuraban rezar varias veces al día, en costumbre que dio lugar a la Liturgia de las Horas, sino que -también por imitar a Jesús, que solía orar por la noche (+Lc 6,12; Mt 26,38-41)-, se reunían a celebrar vigilias nocturnas de oración.

Estas vigilias tenían lugar en el aniversario de los mártires, en la víspera de grandes fiestas litúrgicas, y sobre todo en las noches precedentes a los domingos. La más importante y solemne de todas ellas era, por supuesto, la Vigilia Pascual, llamada por San Agustín «madre de todas las santas vigilias» (ML 38,1088).

En las vigilias los cristianos se mantenían vigiles, esto es, despiertos, alternando oraciones, salmos, cantos y lecturas de la Sagrada Escritura. Así es como esperaban en la noche la hora de la Resurrección, y llegada ésta al amanecer, terminaban la vigilia con la celebración de la Eucaristía. Tenemos de esto un ejemplo muy antiguo en la vigilia celebrada por San Pablo con los fieles de Tróade (Hch 20, 7-12).

Con el nacimiento del monacato en el siglo IV, se van organizando en las comunidades monásticas vigilias diarias, a las que a veces, como en Jerusalén, se unen también algunos grupos de fieles laicos. Así lo refiere en el Diario de viaje la peregrina española Egeria, del siglo V. En todo caso, entre los laicos, las vigilias más acostumbradas eran las que semanalmente precedían al domingo.

La costumbre de las vigilias nocturnas se hizo pronto bastante común. San Basilio (+379), por ejemplo, respondiendo a ciertas reticencias de algunos clérigos de Neocesarea, habla con gran satisfacción de tantos «hombres y mujeres que perseveran día y noche en las oraciones asistiendo al Señor», ya que en este punto «las costumbres actualmente vigentes en todas las Iglesias de Dios son acordes y unánimes»:

«El pueblo [para celebrar las vigilias] se levanta durante la noche y va a la casa de oración, y en el dolor y aflicción, con lágrimas, confiesan a Dios [sus pecados], y finalmente, terminadas las oraciones, se levantan y pasan a la salmodia. Entonces, divididos en dos coros, se alternan en el canto de los salmos, al tiempo que se dan con más fuerza a la meditación de las Escrituras y centran así la atención del corazón. Después, se encomienda a uno comenzar el canto y los otros le responden. Y así pasan la noche en la variedad de la salmodia mientras oran. Y al amanecer, todos juntos, como con una sola voz y un solo corazón, elevan hacia el Señor el salmo de la confesión [Sal 50], y cada uno hace suyas las palabras del arrepentimiento.

«Pues bien, si por esto os apartáis de nosotros [con vuestras críticas], os apartaréis de los egipcios, os apartaréis de las dos Libias, de los tebanos, los palestinos, los árabes, los fenicios, los sirios y los que habitan junto al Éufrates y, en una palabra, de todos aquellos que estiman grandemente las vigilias, las oraciones y las salmodias en común» (MG 32,764).

Las vigilias mensuales de la AN -también con oraciones e himnos, salmos y lecturas de la Escritura- prolongan, pues, una antiquísima tradición piadosa del pueblo cristiano, que nunca se perdió del todo, y que hoy sigue siendo recomendada por la Iglesia. Así en la Ordenación general de la Liturgia de las Horas, de 1971:

«A semejanza de la Vigilia Pascual, en muchas Iglesias hubo la costumbre de iniciar la celebración de algunas solemnidades con una vigilia: sobresalen entre ellas la de Navidad y la de Pentecostés. Tal costumbre debe conservarse y fomentarse de acuerdo con el uso de cada una de las Iglesias (71).

«Los Padres y autores espirituales, con muchísima frecuencia, exhortan a los fieles, sobre todo a los que se dedican a la vida contemplativa, a la oración en la noche, con la que se expresa y se aviva la espera del Señor que ha de volver: "A medianoche se oyó una voz: `¡que llega el esposo, salid a recibirlo´ (Mt 25,6)!; "Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si al atardecer o a medianoche, o al canto del gallo o al amanecer: no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos" (Mc 13,35-36). Son, por tanto, dignos de alabanza los que mantienen el carácter nocturno del Oficio de lectura» (72).

En este mismo documento se dan las normas para el modo de proceder de «quienes deseen, de acuerdo con la tradición, una celebraciòn más extensa de la vigilia del domingo, de las solemnidades y de las fiestas» (73).

Otros precedentes

Las vigilias de los antiguos cristianos, como sabemos, no tenían, sin embargo, una referencia devocional hacia la presencia real de Cristo en la Eucaristía. En este aspecto, los antecedentes de la devoción eucarística de la AN han de buscarse más bien en las Cofradías del Santísimo Sacramento, de las que ya hemos hablado, nacidas con el Corpus Christi (1264), y acogidas después normalmente a la Bula de 1539.

Son también antecedente de la AN las Cuarenta horas. Éstas tienen su origen en Roma, en el siglo XIII; reciben en el XVI un gran impulso en Milán, y Clemente VIII, con la Bula de 1592, las extiende a toda la Iglesia. Como las Cuarenta Horas de adoración en un templo eran continuadas sucesiva e ininterrumpidamente en otros, viene a producirse así una adoración perpetua.

Pero si buscamos antecedentes más próximos de la Adoración actual, los hallamos en la Adoración Nocturna nacida en Roma en 1810, con ocasión del cautiverio de Pío VII, por iniciativa del sacerdote Santiago Sinibaldi. Y en la Adoración Nocturna desde casa, fundada por Mons. de la Bouillerie en 1844, en París.

Pues bien, en su forma actual, la AN es iniciada, según vimos, en Francia por Hermann Cohen y dieciocho hombres el 6 de diciembre de 1848, con el fin de adorar en una iglesia, con turnos sucesivos, al Santísimo Sacramento en una vigilia nocturna.

La Adoración Nocturna en España

España conoce también en su historia cristiana muchas Cofradías del Santísimo Sacramento, agregadas normalmente a Santa Maria sopra Minerva, iglesia de los dominicos en Roma, y que durante el XIX se integran en el Centro Eucarístico. Pero la AN, como tal, se inicia en Madrid, el 3 de noviembre de 1877, en la iglesia de los Capuchinos.

Allí se reúnen siete fieles: Luis Trelles y Noguerol -está en curso su proceso de beatificación-, Pedro Izquierdo, Juan de Montalvo, Manuel Silva, Miguel Bosch, Manuel Maneiro y Rafael González. Queda la Adoración integrada al principio en el Centro Eucarístico.

En cuanto Adoración Nocturna Española (ANE) se constituye de forma autónoma en 1893. A los comienzos reúne en sus grupos sólamente a hombres, pero más tarde, sobre todo en los turnos surgidos en parroquias, forma grupos de hombres y mujeres. En 1977 celebra en Madrid, con participación internacional, su primer centenario.

En 1925 nace en Valencia la Adoración Nocturna Femenina (ANFE), que desde 1953, cuando se unifican experiencias de varias diócesis, es de ámbito nacional.

ANE -ver apéndice (pág. 56)- y ANFE están hoy presentes en casi todas las Diócesis españolas.

La Adoración Nocturna en el mundo

La AN, iniciada en París en 1848 y en Madrid en 1877, llega a implantarse en un gran número de países, especialmente en aquellos que, cultural y religiosamente, están más vinculados con Francia y con España.

Alemania, Argentina, Bélgica, Benin, Brasil, Camerún, Canadá, Colombia, Costa de Marfil, Cuba, Congo, Chile, Ecuador, Egipto, España, Estados Unidos, Filipinas, Francia, Guinea Ecuatorial, Honduras, India, Inglaterra, Irlanda, Italia, Isla Mauricio, Luxemburgo, México, Panamá, Polonia, Portugal, Santo Domingo, Senegal, Suiza, Vaticano y Zaire.

Todas estas asociaciones de adoración nocturna, desde 1962, están unidas en la Federación Mundial de las Obras de la Adoración Nocturna de Jesús Sacramentado.

martes, 30 de agosto de 2011

domingo, 28 de agosto de 2011

En la Casa de mi Padre se reza o no se habla

OH Jesús Amo postrarme en tus santos altares, a los pies de tu Tabernáculo, donde perpetuamente presente, tu Santísimo Cuerpo ,Sangre, Alma y Divinidad están allí y junto a Ti, tu madre la dulce Virgen Maria , sus Ángeles y santos.

OH Jesús Mío te amo. Cuanto Amo besar el suelo de tus Iglesias , de tus altares donde día a día desciendes al Gólgota en Sacrificio, para entregarte a todos los hombres , como Pan Angélico.

OH Jesús, cuanto sufro en tus templos profanados por las faltas de amor y de respeto ante tu Divinidad, el desorden, la falta de piedad.
Cuanto sufro en tus templos, convertidos en espacios sociales de recreación donde los fieles solo se buscan a si mismos, olvidándose de Ti

OH Cuanto sufro Jesús, y me siento impotente ya que aun cuando pido silencio no hacen caso.
Que dolor Dios Mío, el celo por lo Sagrado, por el respeto de la Casa de mi Padre me quema por dentro como un fuego que me abraza y consume y gritaría a los cuatro vientos si pudiera ....
En la Casa de mi Padre se reza o no se habla

Contemplar la belleza nos acerca a DIOS



En la Basilica de San Pietro, Ciudad del Vaticano, contemplando este fresco de Camuccini quede absorvida en la belleza.
julio 2011

miércoles, 3 de agosto de 2011

Purificar el alma

Si purificares tu alma de extrañas posesiones y apetitos, entenderás en espíritu las cosas; y si negares el apetito en ellas, gozarás de la verdad de ellas entendiendo en ellas lo cierto.San Juan de la cruz

“AMARÁS AL SEÑOR TU DIOS CON TODO TU CORAZÓN, CON TODA TU ALMA Y CON TODAS TUS FUERZAS”

viernes, 15 de julio de 2011

Subiendo la escalera de la humildad, San Francisco llego a Dios.

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Camine por estas escaleras y lleve a todos ustedes en mi corazón junto a Jesús.
Caminemos por la escalera de la humildad. Cuanto mas nos abajamos mas Dios nos levantara.

un abrazo a todos

martes, 14 de junio de 2011

Para que el alma llegue a la suprema paz interior,es necesario que Dios la purgue a su modo,

Luego que te resolvieres con firmeza a mortificar tus sentidos exteriores para caminar al alto monte de la perfección y unión con Dios, Su Divina Majestad pondrá su mano para purgar tus malas inclinaciones, apetitos desordenados, complacencia vana y estima propia, y otros vicios ocultos que tú no conoces y que reinan en lo íntimo de tu alma, e impiden la unión divina.

No llegarás jamás a este estado dichoso, por más que te fatigues con los ejercicios exteriores de mortificación y resignación, hasta que interiormente el Señor te purgue y te ejercite a su modo, porque él sabe cómo se han de purgar los defectos secretos. Si tú perseveras con constancia, no sólo te purgará de los afectos y apegos de los bienes naturales y temporales, pero a su tiempo te purificará también de los sobrenaturales y sublimes, como son las comunicaciones internas, los raptos y éxtasis interiores y otras gracias infusas, donde se apoya y entretiene el alma.

Todo esto hará Dios en tu alma por medio de la cruz y la sequedad, si tú libremente le das el consentimiento por la resignación, caminando por estos caminos desiertos y tenebrosos. Lo que tú debes hacer es no hacer nada por tu sola elección. Lo que tú debes hacer es sujetar tu libertad y únicamente callar y sufrir, resignándote con quietud en todo lo que el Señor interior y exteriormente te quiere mortificar, porque éste es el único medio para que tu alma llegue a ser capaz de recibir las influencias divinas, mientras sufres la tribulación interior y exterior con humildad, quietud y paciencia, no las penitencias, ejercicios y mortificaciones que por tu mano puedes tomar.

El labrador más estima las hierbas que planta en la tierra que aquellas que por sí solas nacieron, porque éstas no llegan jamás a sazonarse. Del mismo modo Dios estima con más agrado la virtud que Él siembra e infunde en el alma (mientras se halle sumergida en su nada, quieta, tranquila, retirada en su centro y sin ninguna elección) que todas las demás virtudes que el alma pretende conquistar por su elección y esfuerzo.

Lo que importa es preparar tu corazón como un papel en blanco, donde la divina sabiduría pueda formar los caracteres a su gusto. Oh qué grande obra será para tu alma estar en la oración las horas enteras, muda, resignada y humillada, sin hacer, sin saber ni querer entender nada.

GUÍA ESPIRITUAL
Miguel de Molinos (1627 – 1697)

Tipos de silencio negativos

Hay silencio pero no encuentro. Recordemos algunos silencios negativos que forman parte de nuestra vida cotidiana:



Silencio de angustia: La palabra angustia viene de angosto, estrecho, ahogo... Cuando la angustia aparece en la persona y se presenta en la vida, deja sin palabras. No se puede hablar. La garganta queda atenazada. El corazón también. Es un silencio pero desde el miedo. No hay cercanía. Hay incomunicación. Todo lo contrario que el auténtico silencio.



Silencio de culpabilidad: No hablo porque «van a pensar que ». No hablo porque «me van a echar a mí la culpa».



Silencio de debilidad: «¡Qué voy a decir!». Decido callarme. Es un silencio negativo porque es el silencio de la impotencia.



Silencio de la indiferencia: Pasamos de todo. Es un silencio del bostezo, de la apatía... Guardo silencio porque me alejo de todo. No me importa, no me interesa en absoluto.



Silencio del mal humor: A veces, un disgusto nos pone serios y guardamos silencio. Estoy enfadado y con mi silencio te estoy reprochando. Estoy irritado y me callo. Mantengo la distancia y no deseo el diálogo.



Silencio del miedo: El miedo endurece cuando se presenta en la vida. «En boca cerrada no entran moscas»; «mejor no hablar, que luego hay represalias». Nos alejamos también del conflicto, de la denuncia.



Silencio de la envidia: Cuando nos toca la envidia nos deja sin palabras y no sabemos reconocer nada del otro. No se alaba ni se habla bien de nadie. No hay alabanzas. No hay apoyo. No hay comentarios positivos que refuercen. Es un silencio enfermizo muy peligroso. Si nos creyéramos únicos no nos compararíamos con nadie. No habría envidia. A cada uno Dios le pide lo suyo. Al tulipán no le pide que sea margarita. Jamás a un árbol le gustaría ser una flor.



Silencio de orgullo: Este silencio, a veces, se refleja en el cuerpo. El orgullo, cuando se tiene, siempre separa. No hablamos con el mismo nivel. Aristóteles localizaba el orgullo en la cabeza. «Se le han subido los humos a la cabeza». Es un dicho muy general que explica bien al orgulloso.



Silencio del rencor: El mal humor puede ir cristalizando en la persona que lo padece y es entonces cuando hace su aparición este silencio del rencor. Se incrusta, se calcifica. Es un quiste difícil de extirpar. Es silencio peligroso hasta para la salud y muy negativo. Es necesario mucho tiempo para que se diluya.



Silencio del odio: Este es mortal. San Juan dice que el que no ama a su hermano es un homicida. Cuando no se habla con alguien hay un trasfondo de muerte. Estoy negando a la persona. Hablar tiene que ser para que el otro se dé cuenta. Es un acto de amor, de respeto, de consideración.



Todos estos silencios nos van enfermando y conduciendo a la incomunicación. Es necesario ir detectando cuál de ellos nos afecta en nuestra historia. Es necesario conocer muy bien nuestros silencios negativos para trascenderlos y superarlos e ir poco a poco serenándolos. Estos silencios son ruidos tremendos que no nos permiten el encuentro con Dios en la oración. A veces nos acosan en cada silencio y tenemos que descubrirlos como secuelas que viven y vienen con nosotros. Está bien que los reconozcamos, porque sólo viéndolos podemos superarlos.

jueves, 2 de junio de 2011

Presencia del Espíritu Santo



–¿Cómo entonces, pregunté al Padre Serafín, podría reconocer en mí la presencia de la gracia del Espíritu Santo?
–Es muy simple, respondió él. Dios dijo: “Todo es simple para quien adquiere la Sabiduría” (Pr. 14,6). Nuestra desgracia es no buscar aquella Sabiduría que, por no ser de este mundo, no es presuntuosa. Plena de amor por Dios y por el prójimo, ella forma al hombre para su salvación. Hablando de esta Sabiduría el Señor dijo: “Dios quiere que todos se salven y alcancen la Sabiduría de la verdad” (1 Tim. 2,41). El dijo a sus Apóstoles, que carecían de esa sabiduría: “¡Cuanta sabiduría os falta! ¿No habéis leído las Escrituras?” (Lc. 24,25-27). Y el Evangelio dijo que El “les abrió la inteligencia, a fin de que pudieran comprender las Escrituras.” Habiendo adquirido esta Sabiduría, los Apóstoles sabían siempre si el Espíritu de Dios estaba en ellos o no, y colmados de este Espíritu, afirmaban que su obra era santa y agradable a Dios. Es por eso, que en sus Epístolas, ellos podían escribir: ” El agradó al Espíritu Santo y a nosotros …” (Ac. 15,28) y estaban persuadidos de que era Su presencia sensible, que enviaba sus mensajes. ¿Entonces, amigo de Dios, veis como es simple?
Yo respondí:
–Sin embargo, no comprendo cómo puedo estar absolutamente seguro de encontrarme en el Espíritu santo ¿Cómo puedo descubrir en mí mismo Su manifestación?
El Padre Serafín respondió:
–Ya os dije que era muy simple y os expliqué en detalle cómo se encontraban los hombres en el Espíritu Santo y cómo era necesario comprender Su manifestación en nosotros. ¿Qué os falta aún?

La Luz no creada
Entonces el Padre Serafín me tomó por los hombros y apretándolos muy fuerte dijo:
- Los dos estamos, tú y yo, en la plenitud del Espíritu Santo. ¿Por qué no me miras?
- No puedo, Padre, miraros. Rayos brotan de vuestros ojos. Vuestro rostro se tornó más luminoso que el sol. Tengo mal los ojos.
El Padre Serafín dijo: No tengáis temor, amigo de Dios. También vos os habéis tornado luminoso como yo. También estáis presente en la plenitud del Espíritu Santo, de otro tundo no habríais podido verme.
Inclinando su cabeza hacia mi, él me dijo al oído: Agradezcamos al Señor el habernos acordado esta gracia indecible, por la cual, como habéis visto, ni siquiera hice la señal de la cruz, sino, apenas oré, con mi pensamiento en el corazón: “Señor, hacedme digno de ver claramente, con los ojos de la carne, el descenso del Espíritu Santo, como Tus servidores selectos, cuando Te dignas aparecer ante ellos en la magnificencia de Tu gloria.” E inmediatamente Dios acogió la humilde plegaria del miserable Serafín. ¿Cómo no agradecerle por este extraordinario don que nos acuerda a los dos? No siempre Dios manifiesta de este modo Su gracia a los grandes eremitas. Como una madre amante, esta gracia consuela vuestro corazón afligido, ante la plegaria de la misma Madre de Dios. ¿Pero por qué no me miráis a los ojos? Osad mirarme sin temor, Dios está con nosotros.
Después de esas palabras, alcé mis ojos hacia él y, nuevamente, un gran temor se apoderó de mi. Imaginaos el rostro de un hombre que os habla envuelto por los rayos del sol del mediodía. Veis el movimiento de sus labios, la expresión cambiante de sus ojos, escucháis el sonido de su voz, sentís la presión de sus manos sobre vuestros hombros, pero al mismo tiempo no percibís sus manos, ni su cuerpo ni el vuestro, nada más que una brillante luz que se propaga alrededor, a una distancia de muchos metros, aclarando la nieve que recubre la pradera y cae sobre el gran staretz y sobre mí mismo.
- ¿Qué sentís ahora? preguntó el Padre Serafín.
- Me siento extraordinariamente bien.
- ¿Cómo “bien”? ¿Qué queréis decir por “bien”?
- Mi alma está llena de silencio y paz inexpresables.
- Esta es, amigo de Dios, la paz de la que el Señor hablaba cuando decía a sus discípulos “Os doy mi paz, que no es la de este mundo… Si fuerais de este mundo, este mundo os amaría. Pero os he elegido y el mundo os odia. Sin embargo estad sin temor ya que yo vencí al mundo (Jn. 14,27; 15,19 y33). A estos hombres, elegidos por Dios pero odiados por el mundo, El les dio la paz que sentís en el presente,“esta paz, dijo el Apóstol, que supera todo entendimiento” (F. 4,7). El Apóstol la llama así porque ninguna palabra puede expresar el bienestar espiritual que siente aquel corazón donde el Señor implantó Su paz (Jn. 14,27). Fruto de la generosidad de Cristo y no de este mundo, ningún bienestar terrenal puede darla. Enviada desde lo alto por Dios mismo, ella es la Paz de Dios… Y ahora, ¿qué sentís?
- Una dulzura extraordinaria.
- Es la dulzura de la que hablan las Escrituras. “Ellos beberán el brebaje de Tu casa y Tú los saciarás con los torrentes de Tu dulzura” (Sal. 36/35,9). Ella desborda nuestro corazón, se derrama en nuestras venas, procura una sensación de delicia inexpresable… ¿Qué sentís, ahora?
- Un goce extraordinario en todo mi corazón.
- Cuando el Espíritu Santo desciende sobre el hombre con la plenitud de Sus dones, el alma humana se llena de un goce indescriptible, el Espíritu Santo recrea en el goce todo lo que toca. De este goce habló el Señor en el Evangelio cuando dijo: “Una mujer que pare está en dolor, habiendo llegado su hora. Pero poniendo un niño en el mundo, ella no se acuerda más del dolor, tan grande es su goce. También vos habréis de sufrir en este mundo, pero cuando os visite, vuestros corazones estarán en el goce, nadie os lo podrá arrebatar” (Jn. 16,21-22).
Por más grande y consolador que sea, el goce que sentís en este momento, no tiene comparación con aquel del cual el Señor dijo, por intermedio de Su Apóstol: “El goce que Dios reserva a los que lo aman, está más allá de todo lo que puede verse, escucharse y sentirse a través del corazón del hombre en este mundo” (1 Cor. 2,9). Lo que se nos acordó en el presente no es más que una cantidad a cuenta de este goce supremo. Y sí, desde ahora, sentimos dulzura, júbilo y bienestar, ¿qué decir de ese otro goce que nos está reservado en el cielo, después de haber llorado aquí abajo? Ahora, amigo de Dios, nos toca obrar con todas nuestras fuerzas para subir de gloria en gloria y “constituir ese Hombre perfecto, en la fuerza de la edad, que realiza la plenitud de Cristo” (Ef. 4,13). “A los que esperan en el Señor, les nacen alas como a las águilas, caminan sin cansancio y corren sin fatiga; ellos renuevan sus fuerzas. (Lc. 40, 31). “Ellos marcharán de altura en altura y Dios se les aparecerá en Sión” (Sal. 84/83, 8). Entonces nuestro goce actual, pequeño y breve, se manifestará en toda su plenitud y nadie podrá arrebatárnoslo, llenos como estaremos de indecibles voluptuosidades celestiales… ¿Aún sentís algo, amigo de Dios?

- Un calor extraordinario.
- ¿Cómo, un calor? ¿No estamos en el bosque, en pleno invierno? La nieve está bajo nuestros pies, estamos casi cubiertos por ella y continúa cayendo… ¿De qué calor se trata?
- De un calor comparable al de un baño de vapor.
- ¿Y el olor es como el del baño?
- ¡Oh no! Nada sobre la tierra puede compararse a este perfume. Recuerdo que, cuando mi madre vivía, yo amaba danzar; y siempre que iba a los bailes, ella me rociaba con perfumes que compraba en los mejores negocios de Kazán. Pero su aroma no era comparable al que ahora percibo.
- El Padre Serafín sonrió.
- Lo sé, mi amigo, tan bien como vos, y es por eso que os lo pregunto. Es verdad –ningún perfume terrenal puede compararse al lindo olor que respiramos en este momento– el buen olor del Espíritu Santo. ¿Qué puede ser semejante a él sobre la tierra? Dijisteis hace un instante que hacía calor, como en el baño. Pero mirad, la nieve que nos cubre, a vos y a mi, no se derrite, así como la que está bajo nuestros pies. Entonces, el calor no está en el aire sino en nuestro interior. Este calor es el que pedimos al Espíritu Santo en la plegaria: “¡Que tu Espíritu Santo nos caliente!” Este calor permitía a los eremitas, hombres y mujeres, no temer al invierno, envueltos como estaban, en un tapado de piel, en una vestimenta tejida por el Espíritu Santo.
Así debería ser en realidad la gracia divina habitando en lo más profundo de nuestro ser, en nuestro corazón. El Señor dijo: “El Reino de los Cielos está en vuestro interior” (Lc 17,21). Por Reino de los Cielos, El entiende la gracia del Espíritu Santo. Este Reino de Dios ahora está en nosotros. El Espíritu Santo nos ilumina y nos abriga. El impregna el ambiente de variados perfumes, regocija nuestros sentidos y baña nuestros corazones de un gozo indecible. Nuestro estado actual es semejante a aquel del que dijo el Apóstol Pablo: “El Reino de Dios , no es el comer y el beber, sino la justicia, la paz y el goce, por el Espíritu Santo”(Rom. 14,17). Nuestra fe no se basa sobre palabras de sabiduría terrenal, sino sobre la manifestación del poder del Espíritu. Este es el estado en el que vivimos actualmente y que el Señor tenía en vista cuando decía: “Os lo digo en verdad, algunos de los que están aquí presentes no morirán hasta que no hayan visto el Reino de Dios llegar con poder” (Mc. 9,1).
He aquí, amigo de Dios, el goce incomparable que el Señor se dignó en recordarnos: estar “en la plenitud del Espíritu Santo.” Esto es lo que entendió San Macario el Egipcio cuando escribió: “Yo mismo estuve en la plenitud del Espíritu Santo.” Humildes como somos, el Señor también nos llenó de la plenitud de Su Espíritu. Me parece que a partir de ahora no tendréis que interrogarme más sobre la manera en que se manifiesta en el hombre la presencia de la gracia del Espíritu Santo.
¿Permanecerá esta manifestación grabada para siempre en vuestra memoria?
- No sé, Padre, si Dios me hará digno de recordarla siempre, con tanta nitidez como ahora.

Silencio, lugar de oración


La oración es un lugar de encuentro,una relación...
Para que este encuentro se dé, es necesario el silencio.

domingo, 22 de mayo de 2011

SOBRE EL SOPORTAR EL PROJIMO

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Unos hermanos rodearon al abad Juan KOLOBOS para hacerle unas preguntas. Al verlo, un anciano le dijo por celos: abad Juan, tu vaso está lleno de polvo. Es verdad, respondió él, tú dices eso y no ves el interior, pero si vieras mi interior, ¿qué dirías?
JUAN de Tebas sirvió 12 años a su Abad para aligerarlo de sus enfermedades. Y el anciano siempre lo trató con menosprecio, sin decirle una palabra de coraje. Pero cuando estuvo en las puertas de la muerte, en presencia de los ancianos de la región dijo el anciano: he aquí un ángel y no un hombre.
Si alguien tenía un hermano débil, o insolente, el abad Isidoro decía: enviádmelo a mí. Y él curaba su alma a fuerza de paciencia.
Abad PASTOR: Sean cuáles sean tus penas, la victoria sobre ellas consiste en callar.
Los filósofos dijeron a un anciano: ¿qué hacéis de más vosotros, de lo que hacemos nosotros? ¿Vosotros ayunáis? nosotros también. ¿Maltratáis al cuerpo? nosotros también. ¿Qué hacéis pues vosotros en el desierto? El anciano les respondió: nosotros ponemos nuestra confianza en la GRACIA de Dios, y practicamos la pureza (guarda del corazón). Nosotros no triunfamos en eso, dijeron los filósofos.

Un hermano defectuoso, deseaba todo lo que tenía su anciano y a escondidas le robaba. El anciano que se dio cuenta de ello, no lo reprendió, sino que se redobló su trabajo a causa del hermano. Cuándo llegó a las puertas de la muerte, besó las manos del hermano ladrón y le dijo: Hermano yo doy gracias a estas tus manos porque a causa de ellas yo voy al Reino del cielo. Entonces el hermano se llenó de compunción, hizo penitencia y se convirtió en un buen monje, según el ejemplo de aquel gran anciano.

SOBRE LA HUMILDAD

El abad ANTONIO: Vio las trampas del enemigo extendidas por toda la tierra y gimiendo dijo: ¿quien, pues se escapará? Y oyo una voz que decía: LA HUMILDAD

El abad ARSENIO atacado por los demonios, rogaba: ¡Senyor no me abandones en absoluto! Yo no he hecho nada de bueno a tus ojos, pero dame, al menos ahora, de empezar a vivir bien.
El abad MOISÉS dijo al hermano ZACARÍAS: dime qué tengo que hacer. Al oír estas palabras Zacarías se tiro a sus pies diciendo: ¿Padre eres tú quien me interrogas? Y el anciano respondió: créeme hijo mío Zacarías, yo he visto el Espíritu Santo sobre ti. Entonces Zacarías cogió la capucha, la tiró al suelo y la pisó diciendo: Si uno no es pisado así, no puede ser monje.
El arzobispo Teòfilo dijo al abad de Nítria: Padre ¿qué has encontrado de ventajoso en este camino? Le respondió el anciano: el acusarme a mí mismo. Es verdad, no hay otro camino a seguir, dijo el arzobispo.
El abad TEODORO comía con los monjes. Ellos se pasaban las copas mutuamente sin decir nada, ni el "perdonadme" habitual. El abad Teodor dijo entonces: los monjes han perdido su título de nobleza, o sea la palabra: "perdonadme".

Abad TEODORO: La humildad y el temor de Dios están por encima de todas las otras virtudes reunidas.

El demonio dijo a MACARIO: Yo hago todo lo que tú haces, ayuno, velo...etc. Pero hay una sola cosa por la que tú me tienes dominado y que me priva de vencerte: tu humildad.

El abad PASTOR interrogado sobre el comportamiento de un monje, dijo: sé reservado como si fueras forastero, no busques imponer tu punto de vista, así vivirás en paz.

Abad PASTOR: Prosternarse delante de Dios, no darse importancia, y dejar la propia voluntad, he aquí las herramientas con las cuales el monje puede trabajar.

Abad PASTOR: La humildad es la tierra que el Señor ha pedido para hacer su sacrificio. Si el hombre se pone en su lugar, no quedará confundido.

Abad SISOES: El que practica en silencio la ruptura, y consiente a no ser nada, cumple todas las Escrituras.

El abad SISOES interrogado sobre qué es vivir como monje, respondió: callar, y allí donde vayas, decirte: no me impondré en nada. Eso es vivir como peregrino.

Abad SISOES: No es una gran cosa que nuestro espíritu esté con Dios. Lo que es una gran cosa es que te veas a ti inferior a toda criatura. Este pensamiento unido al trabajo esforzado, he aquí lo que lleva a la humildad.
Amma SINCLÈTICA: Es tan difícil salvarse sin humildad, como construir un barco sin madera.

Amma SINCLÈTICA: Aquél que es alabado y honrado más de lo que merece, recibe un grave mal. Por contra, aquél que los hombres no habrán nunca honrado, será glorificado allí arriba.
Un hermano preguntó a un anciano: Padre, si un hermano mío me comunica pensamientos del mundo ¿quieres que le diga que calle? No le respondió el anciano porque nosotros no lo sabemos hacer. No fuera que, después de haber pedido al próximo de no hacerlo, nosotros también lo hiciéramos. ¿Qué tengo que hacer, pues? preguntó al hermano. Callemos nosotros, respondió el anciano, y eso será suficiente.

Un anciano: La humildad es que tú perdones al hermano que ha pecado contra ti, antes de que te haga una "metànoia" (te pida perdón)

Un anciano dijo: nunca me he alterado por quedar en la oscuridad, sino que mi solo pensamiento es rogar al Señor que me despoje de mi hombre viejo.
Un anciano dijo: la humildad es hacer el bien al que te hace daño, y si no llegas a esta altura, huye, al menos, escogiendo el silencio.
Un anciano, interrogado sobre quien son los corderos y quien los cabritos, respondió: el cabrito soy yo, con respecto a los corderos, Dios lo sabe. Y respondió el hermano: a mí me salva tu humildad.
Un anciano hacía 60 semanas seguidas de ayuno para que le fuera revelado un texto de la Escritura. Y viendo que no lo había conseguido se dijo: me voy a preguntarlo a un hermano. Entonces se le apareció un ángel que le dijo: las 60 semanas no te han acercado tanto a Dios, como el acto de humildad de irlo a pre­guntar a un hermano.
Un anciano: Si uno da una orden a un hermano con humildad y temor de Dios, esta orden dispone al hermano a someterse y a hacer lo que le mandan. Pero si uno la da con espíritu de dominio, queriendo hacer sentir su autoridad, Dios, que ve los secretos del corazón, no inspira en absoluto al hermano para que entienda y ejecute la orden. Lo que se hace según Dios es reconocido por su humildad y forma de plegaria. Mientras que lo que es mandado con irritación o brusquedad, viene del maligno.
Un anciano: prefiero una caída soportada con humildad, que una victoria obtenida con orgullo.
Un anciano: No desprecies ningun inferior, pues tu no sabes si el Espíritu está en él o en ti.

Un anciano: cuando un hermano peca, es mejor callar. Tu silencio humilde ayudará al hermano.

Un anciano fue interrogado, ¿en qué consiste el progreso para el hombre? Dijo: en la humildad. Como más uno se inclina hacia la humildad, más se levanta hacia la perfección.
Un anciano: Si se dice: perdonadme, humillándose, toda tentación es vencida.
Un anciano: Cuando el hombre se acusa a él mismo, no pierde en absoluto su recompensa.

Preguntaron a un anciano ¿qué quiere decir ponerse siempre bajo los demás? Dijo: es no estar atento a los pecados de los otros, sino a los propios, y rogar a Dios sin cesar.

Un anciano dijo: aquél que soporta pacientemente los menosprecios y las injurias, es salvado.

Un anciano dijo: son más bienaventurados los que ven los propios pecados, que los que ven a los ángeles.

Un anciano dijo: cuando uno tiene razón delante de un hermano que lo ha herido, no tiene que hurgar porque le dé la razón. Lo que Dios quiere es que el hombre tire sus pecados a los pies de Dios. Éste es el secreto de la santidad.

SOBRE LA DISCRECIÓN

Abad ANTONIO: Muchos han castigado su cuerpo con la ascesis pero su falta de discreción los ha alejado de Dios.

Un hermano pidió al abad ANTONIO: ruegue para mí. Le respondió: ni Dios ni yo tendremos piedad de ti, si tú no tienes piedad de ti mismo, y no pides nada a Dios.

El abad ARSENIO respondió al abad Marcos que le consultaba qué tenía que hacer con un monje que tenía legumbres (comida) en la celda. Es bueno no tener, pero eso depende de las disposiciones de cada uno. Y si este hermano no tiene fuerza para soportarlo, que plante legumbres.

Abad AGATÓN: El hombre irascible aunque resucite muertos, no es agradable a Dios a causa de su cólera.

Tres hermanos fueron a consultar al abad AQUILES. Uno de los tres hermanos tenía muy mala reputación. Los tres le pidieron un recuerdo, y él lo concedió sólo al de la mala reputación. Al día siguiente los otros dos fueron y le pidieron el porqué de aquella preferencia, y les respondió: sabía que vosotros no os entristeceríais, pero él quizás sí, pensando que era un desprecio por la mala reputación.

Abad ABRAHAM: Las pasiones no se matan, siempre están vivas, pero en las personas sanas están sólo encadenadas.

Un hermano fue a encontrar al abad TEODORO diciéndole: ¿sabes que un hermano se ha vuelto al mundo? Le respondió: no te extrañes de eso. Éxtrañate más bien si sabes que un hermano ha podido huir de la cólera del enemigo.

Un ermitaño célebre fue a ver al Abad PASTOR y le habló de las Escrituras y de cosas espirituales, pero el Abad no le devolvió respuesta. Cuando otro hermano le preguntó porque no le respondía, él le dijo: "el ermitaño de arriba, dice cosas celestiales, pero yo soy de abajo, y digo cosas terrestres. Si él me hubiera hablado de pasiones del alma, yo le habría respondido, pero él me habló de cosas espirituales que yo ignoro". Entonces dijo el ermitaño: verdaderamente este hombre es de Dios.

Un hermano dijo al abad PASTOR: he hecho un gran pecado y voy a hacer penitencia durante tres años. Respondió el abad: es demasiado. ¿Me aconsejas, pues, sólo un año? Es demasiado, le volvió a responder. ¿Pues 40 días? Es demasiado, le dijo. Y añadió: a mi entender, cuando un hombre se arrepiente con todo su corazón y se aleja del pecado, Dios está contento al mismo momento.

El abad PASTOR interrogado sobre pensamientos impuros, respondió: los vestidos abandonados mucho tiempo, acaban por convertirse en polvo. Igualmente pasa con los pensamientos impuros que estan en nuestro corazón, si no los ejercemos físicamente se deshacen.

Abad PASTOR: No vivas en un lugar donde tú veas que los otros se acogen a tu sombra. No harías ningún progreso.

Abad PASTOR. Un hermano dijo al abad Pastor: me vienen muchos pensamientos que me duelen. El anciano le dijo: coge el aire y envuélvelo con tu delantal. Respondió: no puedo. Pues bien, respondió el anciano, tampoco puedes privar los pensamientos de venir, pero lo que tú puedes hacer es resistirlos.

El abad PAMBO fue interrogado por dos hermanos. Uno le dijo: ¿ayuno dos días por semana, y no como sino mendrugos de pan, crees que soy monje? El otro le dijo: del trabajo que hago me guardo un poco para alimentarme, y el resto lo doy en limosnas. ¿Crees que soy monje? El anciano al cabo de tres días dijo: "Pambo, tú ayunas dos días, ¿crees que por eso eres monje? ¡No! Pambo, tú trabajas y haces limosnas, ¿crees que por eso eres monje? ¡No! Y añadió: eso son buenas acciones, pero si guardas tu conciencia de juzgar a tu hermano, entonces serás monje.
Un hermano fue a encontrar al abad SILVANO DEL SINAÍ, y viendo los monjes cómo trabajaban dijo: "no os ocupáis de la comida que se estropea, Maria ha escogido la mejor parte" (Lc. 10,42). El anciano envió a este hermano a una celda. Al llegar el mediodía no lo fueron a buscar para comer. Entonces fue a reclamar al abad SILVANO. Y el abad le dijo: "tú eres un hombre espiritual y no tienes necesidad de alimentos. Nosotros somos carnales y comemos. Es por eso que trabajamos. Tú has escogido la mejor parte: rezas todo el día, y no necesitas alimento. El hermano hizo una metànoia (inclinación) y dijo: ¡Perdonadme! Añadió el anciano: "María tiene necesidad de Marta, y es gracias a Marta que Maria alaba al Señor".

Amma SINCLÉTICA: Hay una tristeza útil y una tristeza devastadora. La tristeza útil nos hace llorar nuestros pecados y las debilidades de los otros, y nos empuja a abandonar la resolución de llegar a la perfección del bien, sabiendo que todos somos pecadores. Éstas son las características de la verdadera sabiduría. Pero hay otra tristeza que viene del enemigo: la acèdia (el disgusto) que viene sin motivo alguno. Contra ésta hay que luchar redoblando la plegaria.

Amma SINCLÈTICA: Una ascesis desmesurada viene del diablo. No quieras ayunar mucho y después comer mucho. No gastes todos los cartuchos de una vez si no quieres encontrarte desarmado a la hora de la lucha. Lo que diferencia la ascesis real de la diabólica es la moderación. Vela siempre sobre tu cuerpo y tu alma, son tus armas para devenir pronto a cualquier contrariedad.

Amma SARA: Si yo pidiera a Dios que todas las personas estuvieran satisfechas de mí, tendría que hacer metànoies (inclinaciones) en la puerta de cada una. Yo prefiero rogar a Dios que me guarde el corazón puro delante de todo el mundo.

Amma SARA: No es la presencia de malos pensamientos lo que nos lleva hacia la condenación, sino el mal uso de estos pensamientos. Tanto puedes naufragar a causa de ellos, cómo ser coronado por su causa.

Amma SARA: No luches contra todos los malos pensamientos sino contra uno solo, pues todos los pensamientos de los monjes tienen un solo centro. Hace falta examinar cuál es su naturaleza en concreto, y después luchar contra ella, así los otros pensamientos perderán fuerza.

Un hermano preguntó a un anciano. Padre: yo interrogo a los ancianos que me responden muchas cosas, pero no me queda nada de lo que me dicen. ¿Con qué fin, pues, interrogarlos si no saco ningún provecho? Entonces el anciano le hizo coger dos vasijas que estaban vacías y le dijo: llena una de agua y vuelve a vaciarla. Hazlo otra vez, otra, y después le preguntó: ¿cuál es la vasija más limpia?. La que ha pasado agua, dijo el hermano. Entonces el anciano respondió: Pues igualmente pasa con las cuestiones que tú propones. Bien que no retienes nada de lo que oyes, pero mientras tanto te purificas más que aquél que no pregunta nunca.

Un anciano: Cuando nos reunimos para hablar de cosas buenas nosotros entramos en el cielo. Cuando decimos mal del otro entramos en el infierno.

NO SE DEBE JUZGAR A NADIE

Un hermano pecó, los ancianos se reunieron para juzgar lo que se debía hacer con él, y enviaron a buscar al abad Moisès. Éste fue con un saco agujereado y lleno de arena que se cargó en la espalda, de manera que mientras andaba la arena iba cayendo. Cuando los otros lo vieron le preguntaron: ¿qué significa eso? Él dijo: mis pecados se caen detrás de mi, y yo no me doy cuenta. ¿Y ahora yo he venir a juzgar los pecados de otro? Y los ancianos dijeron: tienes razón.

Abad PASTOR: si quieres encontrar el reposo en este mundo y en el otro, debes decirte constantemente: ¿Quién soy yo? Y no juzgues a nadie.

Abad PASTOR. Le preguntaron: ¿si veo la falta de mi hermano, esta bien que calle? Respondió: cada vez que escondemos el pecado de nuestro hermano, Dios esconde también el nuestro. Y cada vez que denunciamos las faltas de nuestros hermanos, Dios denuncia las nuestras.

Abad PASTOR: No desprecies a nadie, no juzgues a nadie, no digas mal de nadie y entonces Dios te dará el reposo, y tu vida en la celda será sin turbación.

NO HACER NADA PARA SER VISTO

Abad PASTOR: Que tu corazón aprenda a observar, lo que tu lengua enseña a los demás.
Abad PASTOR: Cuando los hombres hablan, quieren parecer perfectos, cuando practican lo que dicen, lo son menos.
Abad SISOES: Si la gloria de los hombres no viene de Dios, no tiene ninguna consistencia.

Un abad dijo al abad Sisoes: cuando leo las Escrituras me preocupa preparar un buen discurso para responder a las preguntas que me hagan. Le dijo Sisoes: eso no se en absoluto necesario. Procura solamente adquirir el don de la palabra por la pureza de corazón, y quedarás libre de preocupaciones.

Amma SINCLÈTICA: Igual que el fuego hace embeber la cera, los alagos hacen perder al alma su vigor y su entereza. Es imposible a quien posee la gloria del mundo, producir frutos para el cielo.

DE LA IMPUREZA

El abad APOLO encontró a un monje desesperado porque había dicho a un anciano que tenía tentaciones contra la pureza, y éste le respondió que eso no es propio de un monje y que ya se podía volver al mundo. El abad Apolo entonces, como un médico sabio, le dijo: Hijo mío no te extrañes de tener malos pensamientos, yo también tengo a pesar de la edad. Muchas veces soy asediado por pensamientos de este tipo, pero sé que son menos importantes mis esfuerzos que la misericordia divina que me sale al encuentro. Y el Abad Apolo dijo, después, a aquel anciano: tú no te acuerdas que Dios ha venido a salvar lo que se había perdido y que no se tiene que romper la caña resquebrajada ni el pabilo que humea. (Mt. 12-20).
El abad PASTOR fue interrogado por un discípulo: Padre yo tengo tentaciones de impureza y me han dicho que no permita que me vengan. Le respondió el abad Pastor: así es la vida de los ángeles encima del cielo, pero tú y yo vivimos atormentados por la impureza porque somos hombres. Si el monje se queda en el desierto refrenando su lengua y sus apetitos puede estar tranquilo, no morirá en absoluto.

Amma SARA: Fue atacada durante años por el demonio de la impureza, y nunca en su plegaria pidió ser liberada de este combate. Ella decía solamente: Señor dame fuerza.

Amma SARA: Un día el demonio de la impureza la atacó fuertemente, más que nunca. Ella se fue al terrado, y se puso a rogar intensamente. Entonces el dimonio se le hizo visible y le dijo: ¡Tú me has vencido Sara! Ella le respondio: No, yo no te he vencido, sino Cristo, mi Señor.
Un hermano atacado por el demonio de impureza se levantó durante la noche, y se fue a casa de un anciano para manifestarle sus pensamientos y éste lo consoló. La escena se repitió otra vez, y el anciano le decía: No cedas al demonio, a cada ataque ven a verme. Nada repugna tanto al espíritu de impureza como la confesión de sus ataques. Al cabo de once veces, el monje decía: Padre ten caridad y dime todavía una palabra. Y el anciano le respondió: créeme hijo si Dios permitiera que los pensamientos que llenan mi alma, pasaran a la tuya, tú no podrías soportarlo. Estas palabras del anciano, a causa de su humildad, apaciguaron el aguijón de la impureza del hermano.
Un hermano interrogó a un anciano sobre cuando alguien cae en la tentación y es causa de escándalo para los demás, ¿qué se debe hacer? El anciano le explicó la siguiente historia: Un magistrado perseguido por el governador fue a refugiarse en el desierto con toda su familia a un monasterio donde había un diácono muy conocido. Y el diácono pecó con la mujer del magistrado, de manera que causó un gran escándalo en el monasterio y en la región. Entonces el diácono fue a encontrar al anciano y le pidió que lo emparedara en una cámara pequeña con el fin de hacer penitencia. Al cabo de muchos años el Nilo dejó de hacer la crecida y aunque los monjes rogaban, el Nilo no crecía. Entonces un anciano supo por revelación que hasta que no rogara aquel diácono, el Nilo no crecería. Así los que primero se habían escandalizado de su conducta, ahora admiraban su humildad.

Dos monjes fueron a la ciudad a vender lo que habían fabricado. En la ciudad se separaron y uno de ellos se cayó en la impureza. Al poco tiempo el otro hermano lo fue a ver y le dijo: volvemos a nuestra celda. El hermano le respondió: Yo no vuelvo en absoluto, yo me he caído en la impureza. Entonces su hermano, queriéndolo ganar, le dijo: a mí me ha pasado lo mismo. Retornemos, pues los dos, hacemos penitencia con todas nuestras fuerzas y Dios nos perdonará. Cuando volvieron a sus celdas explicaron a sus ancianos aquello que les había pasado y éstos les prescribieron la manera cómo tenían que hacer penitencia. Y un hizo penitencia, no para él sino para su hermano, como si hubiera pecado él mismo. Pero Dios viendo la pena que él se daba por amor, reveló a su anciano cómo había perdonado al que había caído en la impureza, a causa de la gran caridad de aquél que no había pecado. A eso se le llama: "dar la propia vida".

Dos hermanos, combatidos por la impureza, fueron a tomar mujer. Después se dijeron. ¿Qué hemos ganado abandonando la condición de los ángeles por una corrupción que será seguida por los castigos eternos? Volvamos al desierto y hagamos penitencia por lo que nosotros nos hemos atrevido a hacer. De retorno al desierto, pidieron a los ancianos imponerles una penitencia, y fueron cerrados cada uno en una celda, dando a cada uno la misma ración de pan y agua. Cuando salieron, uno estaba delgado y macilento, mientras que el otro estaba lleno de salud y de alegría. Entonces preguntaron al abatido qué había meditado y respondió: He pensado con el mal que había hecho y en el castigo que merecía, y en el temor de Dios que debía tener. Interrogado el otro respondió: Yo he agradecido a Dios por haberme perdonado, y por haberme devuelto otra vez al desierto. He estado lleno de gozo pensando constantemente en Dios. Y los ancianos dijeron que la penitencia del uno y del otro, tenía un valor igual a los ojos de Dios.

En Escete había un anciano gravemente enfermo, y dos hermanos lo cuidaban. Viendo la fatiga que les daba, dijo: me iré a Egipto para no cargar tanto a estos hermanos. Pero el Abad Moisès le aconsejó: no vayas en absoluto, porque allí tú te caerás en la impureza. ¿El anciano se enojó y respondió, mi cuerpo es muerto, y tú me dices eso? Y se fue a Egipto. Al llegar, vino una virgen fiel a cuidarlo. Poco tiempo después, encontrándose mejor, pecó con ella y tuvo un hijo. El anciano dijo, dadme al chico. Y se fue al desierto de Escete, y un día de fiesta entró en la Iglesia delante de todos los hermanos, diciendo: Este niño es el hijo de mi desobediencia. Y volvió a la pureza de su antigua manera de vivir.
Un anciano del desierto, vio un día una sesión de consejo de los demonios. Había Satanás y todos lo iban a adorar, explicando sus fechorías. Uno le dijo: en 20 días he armado unas guerras terribles. Pero Satanás lo hizo azotar porque había empleado demasiado tiempo. Otro dijo: en 10 días he levantado un temporal que ha hundido todas las barcas del mar. Pero Satanás lo hizo azotar igualmente. Finalmente vino uno que le dijo: después de 40 años de lucha en el desierto he conseguido que un anciano se cayera en la impureza. Y Satanás lo abrazó y lo hizo sentarse a su lado, felicitándolo por su gran victoria.
Un hermano, tentado de impureza, fue a una ciudad, y viendo la hija de un sacerdote pagano, la pidió por mujer. El sacerdote consultó al demonio, y éste le dijo que, antes, aquel hermano tenía que renunciar a su Dios, a su bautismo, y a su profesión monástica. El hermano accedió. Y el sacerdote volvió a consultar al demonio, que le dijo: no le des a tu hija, ya que él ha renegado de Dios, pero Dios no renegará nunca de él.

"No debáis nada a nadie, sólo sois deudores en el amor" (Rm 13,8)

Usa el crucifijo . Da testimonio de Cristo Vivo .

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